Jeff Buckley
está muerto, duele, pesa y nos rompe el alma. Hoy se cumplen 21 años de la trágica muerte de un músico irrepetible por su sensibilidad estética y musical. Aquel 29 de mayo de 1997 Buckley tenía solo 30 años y su muerte todavía hoy no se llega a entender del todo. Hay muchas teorías sobre su muerte. La historia más aceptada es la que se muestra en el documental que emitió la BBC hace unos años. Es cierto que se ahogó en el río Wolf, en Memphis. La tarde en que su banda había llegado para comenzar la grabación de su segundo disco, que iba a llamarse My Sweetheart the Drunk. Aquel día estaba en la orilla del río con un amigo cuando de repente, Jeff se levantó y se fue metiendo en el agua totalmente vestido. Mientras Buckley nadaba, en cosa de minutos, ya había desaparecido. Su cuerpo fue encontrado desnudo cinco días después. La posterior autopsia reveló que no tenía restos de alcohol o drogas en la sangre. ¿Accidente? ¿Suicidio? Son muchos los rumores que surgieron desde entonces. El más extendido fue que terminó con su vida de una manera totalmente consciente, mientras cantaba Whole Lotta Love de Led Zeppelin y se iba sumergiendo en el agua.

 La noticia de su muerte conmocionó a todo el universo del rock, y fue en este punto que comenzó a forjarse una leyenda en torno a su nombre. Se han escrito muchas canciones tributo a su persona, entre las que destacan “Wave Goodbye” de Chris Cornell y “Memphis” de PJ Harvey. No hay ninguna palabra que pueda definir a Buckley, contaría su historia, la historia de Tim Buckley, su padre, aunque nunca fue su carta de presentación en la vida, pero todo eso está en Wikipedia y si les interesa pueden ir para allá. Hoy me centraré en él y en su trabajo. De hecho, han pasado años, pero todavía seguimos sintiendo la muerte de Leonard Cohen. Músico, poeta y leyenda. Y dentro de su larga trayectoria indiscutiblemente su canción más conocida siempre será Hallelujah. Un tema que no tuvo tanta repercusión cuando se lanzó como la tiene hoy. Porque puede que Cohen la compusiera, pero el principal artífice de que Hallelujah sea hoy recordada es Jeff Buckley, artista clave y esencial para entender algunos aspectos del panorama musical en nuestra actualidad. Ya lo dijo el periodista Seth Jacobson: “Cuando le mete la mano a Hallelujah, lo hace con tanta confianza que uno se plantea quién grabó primero la canción”. Y eso sólo lo pueden hacer unos pocos. Y de hecho la presencia de Hallelujah de Leonard Cohen no es azarosa. En Jeff Buckley hay una presencia particular de la religión, no desde el dogmatismo sino más bien desde la espiritualidad, de la necesidad de querer conectar con algo mayor que uno mismo. Buckley esbozó una letra que se le vino a la mente mientras se despedía de su novia en un aeropuerto. Sobre esa base que parece zigzaguear, habla de dejar de preocuparse por la propia mortalidad: («Bebe un poco de vino, ambos podríamos partir mañana») y concentrarse en el amor verdadero, un concepto que puede sonar inocente, pero que adquiere una dosis enorme de profundidad.

Jeff Buckley tenía una de las voces más fascinantes y únicas de su generación. Buckley es poesía, es magia, es amor, es dolor, es tristeza, es nostalgia, felicidad, divinidad, lágrima. Buckley es inmortal. Su música es la que salva vidas. Es una montaña rusa emocional llena de sorpresas. Escuchar su voz. Sus acordes rotos. Su disco Grace lo es todo. Un disco indispensable, en donde se da ese extraño fenómeno que cada canción que suena resulta ser mejor que la anterior. Resulta sumamente difícil encontrar un álbum que, de principio a fin, sea capaz de transmitir tanta emotividad y nostalgia en cada uno de sus canciones. El Grace es un trabajo maravilloso. Hablaba recién con mi amigo Pablo Rosenzvaing y acordamos que el Grace fue de alguna forma el pago de Jeff a su padre y a Cohen. Letras profundas, perfecta interpretación, emotividad y sentimiento. Nos hace cambiar la forma que tenemos de concebir la música. Es un viaje en donde lo acompañamos a través de una gama de sensaciones distintas y muy emotivas. El Grace tiene como figura excluyente la prodigiosa voz de cuatro octavas y media de Buckley, y su capacidad innata de captar la esencia más profunda del sonido en cada una de sus canciones, alcanzando registros que cuesta trabajo creer que sean posibles de dominar.

Creo personalmente que analizar cada una de las canciones de Jeff Buckley es un despropósito tremendo, porque no existen las palabras suficientes para describir todo lo que transmite, esa energía, ese impacto que nos recorre las venas. Al igual que un artesano, Buckley moldeó una melancolía adherente a los tiempos que, por su propósito artístico, radiaba luz y señalaba la épica de la vida. En palabras del propio Buckley: “La música es infinita. Y aunque me he enamorado incontables veces con toda clase de música, de todas partes del mundo… siempre hay algo. Yo creo que simplemente se llama libertad”. Para mi Jeff sabía cómo tirar de las cuerdas de tu corazón, era una persona que comprendía el amor, la vida y la expresión musical. Era absolutamente brillante. Con esas capacidades, su lista de admiradores era amplia. Patti Smith trabajó con él y Tom Verlaine, el influyente guitarrista de Television, quiso producirle el segundo disco. Además, su estilo influyó a Thom Yorke, Rufus Wainwright, Elizabeth Fraser, vocalista de Cocteau Twins, Chris Cornell o PJ Harvey, entre otros. En una época en que la banda sonora de la angustia juvenil estaba definida por las guitarras grunge y las camisas a cuadros, las delicadas melodías y la sensibilidad estética de Jeff Buckley le dejaban al margen de todo. Era atípico. Con otras referencias vitales y artísticas como Nina Simone o Edith Piaf, Buckley, quien amparado por su apellido rechazó firmar con el gran sello Columbia Records hasta que el productor ejecutivo no oyese su música, decía que escuchó a Miles Davis decir que hay que amar verdaderamente lo que haces para hacerlo tuyo para siempre. Según el propio Buckley: “La sensibilidad no es una ñoñería. Porque una pulga aterrizando sobre un perro suena como explosión”. Su karma siempre fue demostrarle a alguien que era original.

 En fin. Todos nos preguntamos qué habría sido de él si hubiera seguido vivo. Nadie lo sabrá jamás, y es una lástima. Sin embargo, lo que sí sabemos es que Buckley consiguió sacar ese amor a la vida, a la tolerancia y a la emotividad que el mismo tenía en todos nosotros. Nos quedamos con el Grace, sus muchos álbumes en directo, recopilatorios y el incompleto Sketches From My Sweetheart The Drunk. Nos quedamos con su voz, con su alma, son su suspiro, con la fragilidad que alumbra con tanta belleza en su música que parece que el misterio de la vida queda resuelto por ese instante libre, humano y eterno, que es escuchar su voz.

Matias Garcia

La música me salvó la vida.

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