Hay momentos en la historia de la música que adquieren una relevancia mucho mayor con el paso de los años. En el instante en que ocurren parecen importantes, pero no necesariamente históricos. Por eso es que la visita de The Beatles a Japón en 1966 creo que pertenece a esa categoría.
Por Claudio Salgado.
Como músico, siempre me ha parecido fascinante observar esos puntos de inflexión donde la música deja de ser solamente música y comienza a influir en la cultura de una forma más profunda. Y la llegada de The Beatles al Nippon Budokan fue uno de esos momentos.
Hoy resulta normal ver bandas actuando en recintos emblemáticos alrededor del mundo. Pero en el 66` las cosas eran distintas. El Budokan era un espacio asociado a las artes marciales y a ciertas tradiciones culturales japonesas que muchos consideraban incompatibles con una banda de rock occidental. De hecho, la decisión de permitir aquellos conciertos generó una polémica considerable, con sectores conservadores que veían aquellas presentaciones como una invasión cultural más que como un evento artístico.
Lo anecdótico es que sesenta años después, cuesta imaginar el Budokan sin pensar también en música. Y eso es precisamente lo que hace tan interesante este concierto.
Desde el punto de vista artístico, los Beatles llegaron a Japón en uno de los momentos más extraños y apasionantes de su carrera. Acababan de grabar Revolver, un disco que cambió para siempre la forma de entender la producción musical en el rock. Sin embargo, sobre el escenario seguían interpretando canciones pensadas para un formato de directo que ya comenzaba a quedar pequeño para sus ambiciones creativas.
Siempre me ha llamado la atención esa contradicción. Mientras el grupo exploraba nuevas posibilidades armónicas, sonoras y de estudio, la tecnología disponible para los conciertos seguía siendo limitada. Es como si la banda estuviera yendo unos pasos adelante que la propia industria.
Al escuchar las grabaciones de aquellas presentaciones se percibe algo especialmente interesante. No se oye a una banda en decadencia ni mucho menos, pero sí a músicos que parecen estar comenzando a despedirse entre ellos. Hay una ejecución sólida y profesional, aunque también una sensación de contención. La energía desenfrenada de los primeros años de “la Beatlemanía” había dado paso a algo diferente, una banda que ya estaba pensando como compositores, productores y exploradores más que como simples artistas de directo.
Quizás por eso las imágenes de aquellos conciertos tienen algo casi simbólico. Cuando veo esas fotografías siempre me llama la atención el contraste entre el entorno y el momento histórico que estaba ocurriendo. Miles de personas observando en relativo silencio, una seguridad excesiva rodeando el recinto y, en el centro de todo, cuatro músicos interpretando canciones que ya estaban cambiando la historia de la cultura pop.
Pocos meses después dejarían de girar.
Y, siendo honestos, resulta difícil no interpretar aquellas actuaciones como una especie de evolución. Sobre ese escenario todavía estaba la banda que había conquistado el mundo a través de los conciertos. Pero detrás de ella ya comenzaba a emerger el grupo que redefiniría lo que un estudio de grabación podía llegar a ser.
Sin embargo, reducir aquellos conciertos a una simple curiosidad dentro de la cronología beatle sería un error. Su impacto fue mucho más amplio. La visita ayudó a legitimar la presencia del rock en espacios tradicionalmente ajenos a este género y contribuyó a fortalecer el vínculo entre Japón y la música internacional.
Muchas veces hablamos de discos históricos. Otras veces hablamos de conciertos históricos. Pero hay ocasiones en las que un acontecimiento trasciende ambas categorías.
Sesenta años después, la visita de The Beatles a Japón sigue siendo relevante porque representa uno de esos raros momentos en que la música logra mover algo más que emociones. Mueve ideas, transforma percepciones y termina dejando una huella que se extiende mucho más allá del escenario.
Y creo que esa es la razón por la que todavía seguimos hablando de aquellos cinco conciertos. Porque, al final, no fueron solamente cinco noches de música en Tokio. Fueron el reflejo de una banda que estaba a punto de cambiar para siempre la forma en que entendemos la creación musical y, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva relación entre Japón y la cultura popular contemporánea.
