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Anette Olzon brilló con luz propia en una lluviosa noche en Santiago

Anette Olzon

La vocalista sueca protagonizó una noche cargada de éxitos, nostalgia y complicidad con el público, alternando clásicos de Nightwish con material de su propia carrera.

La apertura a cargo de las bandas Carmesí, Cabaret Burdel e Instinctus, que dieron un adelanto vibrante y enérgico de lo que vendría más tarde.

Por Claudio Salgado.

La lluvia cayó sobre Santiago, pero dentro de Onaciu el ambiente era completamente distinto. Había expectación, entusiasmo y una energía que fue creciendo a medida que Anette Olzon se apoderaba del escenario. La exvocalista de Nightwish llegó a Chile con un repertorio que apelaba directamente a la memoria de sus seguidores, pero también con la oportunidad de demostrar que su historia musical va mucho más allá de una banda.

Y la respuesta del público fue contundente.

Desde los primeros momentos, la efervescencia se hizo notar. Las canciones más reconocidas de su etapa en Nightwish despertaron una reacción inmediata, con un público que acompañó, cantó y respondió a cada una de las interacciones de la cantante. No se trató únicamente de escuchar canciones que forman parte de la historia del metal sinfónico, sino de reencontrarse con una voz que marcó una etapa importante para la agrupación finlandesa.

Uno de los aspectos más destacables de la presentación fue, precisamente, el estado vocal de Olzon. Su registro se mantuvo a muy buen nivel durante el concierto, con una interpretación sólida, expresiva y capaz de transitar por distintos matices sin perder identidad. Su voz, de un carácter más melódico y cercano al pop rock que al registro operático asociado tradicionalmente al metal sinfónico, encontró su espacio tanto en los pasajes más enérgicos como en aquellos momentos donde la interpretación exigía mayor sensibilidad.

Como músico, siempre me parece interesante observar cómo una voz se relaciona con canciones que el público ya conoce de memoria. No basta con reproducir las melodías originales, también hay que sostenerlas desde el presente, con los recursos y la personalidad que cada intérprete ha desarrollado a lo largo de los años. En ese sentido, Olzon consiguió mantener la esencia de estas composiciones sin que su interpretación se sintiera como un simple ejercicio de nostalgia.

Pero si hubo algo que terminó de darle carácter a la noche fue su conexión con los asistentes. La cantante se mostró cercana, activa y dispuesta a generar complicidad entre canción y canción. Sus intervenciones ayudaron a mantener el entusiasmo, mientras el público respondía con aplausos, cánticos y una energía que contrastaba con el frío y la lluvia que acompañaron la jornada santiaguina.

El repertorio, cargado de clásicos de Nightwish y canciones de su trayectoria solista, permitió recorrer distintas facetas de su identidad artística. Para muchos, escuchar nuevamente temas de Dark Passion Play e Imaginaerum fue una oportunidad para volver a una etapa particularmente significativa del grupo. Para otros, la presentación también permitió acercarse a la carrera que Olzon ha construido fuera de esa historia.

Y esa distinción es importante. Porque, aunque la sombra de Nightwish sigue siendo inevitable cuando hablamos de su nombre, la cantante no necesita esconderse detrás de ese legado. Su interpretación y presencia escénica demostraron que puede volver a habitar esas canciones desde su propia experiencia, sin renunciar a la identidad vocal que la convirtió en una figura reconocible dentro del metal melódico.

La noche en Onaciu tuvo precisamente ese equilibrio, entre la nostalgia de los grandes temas, la energía de un público que sabía a lo que venía y una intérprete que respondió con una presentación vocalmente firme y una disposición constante a compartir el escenario con quienes estaban frente a ella y con ella en el escenario, mostrando cercanía y complicidad con sus compañeros de banda.

A veces, los conciertos construidos alrededor de una etapa conocida de una carrera corren el riesgo de quedarse atrapados en el pasado. Sin embargo, cuando existe una interpretación convincente y una conexión genuina con los asistentes, esas canciones recuperan su presente.

En una noche lluviosa en Santiago, Anette Olzon no solo volvió sobre una parte fundamental de su historia musical. También recordó que una voz puede seguir teniendo luz propia incluso cuando las canciones que la hicieron conocida pertenecen a una historia mucho más grande.

Y el público, con su entusiasmo, se encargó de demostrar que todavía había mucho por cantar.

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