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Jamiroquai en Claro Arena: el groove volvió a Chile en una noche cargada de éxitos y energía

Jamiroquai

Jamiroquai llegó este martes 15 de septiembre al Claro Arena para reencontrarse con el público chileno, ocho años después de su última visita al país, tras ser parte del Festival de Viña del Mar en 2018. Esta vez, el escenario fue completamente suyo: una presentación en solitario que permitió desplegar con mayor libertad el universo musical construido durante más de tres décadas.

La jornada comenzó con Los Tetas, banda fundamental del funk nacional que regresó a los escenarios en una formación encabezada por sus dos principales exponentes: C-Funk y Rulo. El grupo entregó un show cargado de baile y energía, demostrando que su propuesta podía perfectamente ocupar un lugar importante dentro de una noche que tenía al funk como protagonista. Pero el contexto no fue sencillo. El concierto comenzó temprano, alrededor de las 18:00 horas, en un día laboral, y el Claro Arena se encontraba lejos de completar su capacidad. Buena parte de las butacas permaneció vacía durante los primeros momentos de la jornada.

Luego llegó Joy (Anonymous), encargado de continuar con la previa a Jamiroquai. El músico consiguió mantener la atención de un público que se mostró respetuoso, aunque por momentos su propuesta no se sintió a la altura, principalmente por la naturaleza del espectáculo: acompañado únicamente por un DJ, no lograba llenar un escenario de esas dimensiones. La simpatía del músico estuvo presente, pero el show pasó sin pena ni gloria.

Los Tetas podrían haber ocupado ese espacio de la noche sin ningún problema.

Cerca de las 21:00 horas, el público comenzó a impacientarse. Las butacas del recinto de Las Condes ya estaban prácticamente a toda su capacidad y la espera pesaba con cada minuto. Tras un retraso de aproximadamente 20 minutos, las luces del Claro Arena finalmente se apagaron y la banda entró al escenario.

Y entonces apareció Jay Kay.

Sin palabras de bienvenida, el concierto comenzó con una atmósfera que no anticipaba la canción. Un juego que se repetiría a lo largo del show. La elegida para comenzar una noche llena de baile fue “(Don’t) Give Hate a Chance”, uno de sus grandes éxitos. A tan solo segundos de comenzar, la banda dejó en claro un alto nivel de profesionalismo, acompañado por la impecable voz de su vocalista.

El groove apareció antes que cualquier discurso. Jay Kay y compañía ocuparon el escenario con una presencia que rápidamente consiguió levantar al público, que se puso de pie y comenzó a bailar. Todo para dar paso inmediatamente a “Little L”, donde hubo palabras de bienvenida y agradecimientos.

Desde ahí, el espectáculo avanzó como una batería de éxitos.

Jamiroquai – Fotografía por Valentina Molina.

“Seven Days in Sunny June”, “Space Cowboy” y “Light Years” fueron construyendo un recorrido que no necesitó demasiadas explicaciones: bastaba con reconocer los primeros compases para que el público reaccionara. Luego llegarían “Alright”, “Disco Stays the Same” y “Travelling Without Moving”, ampliando un repertorio que consiguió moverse entre diferentes épocas de la banda sin perder nunca su identidad.

Porque si algo quedó claro durante la noche es que Jamiroquai no llegó a Chile simplemente a reproducir sus canciones. La banda convirtió varios de sus temas en espacios para el juego musical, los jams y pequeñas improvisaciones que, aunque podían sentirse espontáneas, demostraban una ejecución completamente controlada. El espectáculo se percibía planificado de principio a fin, pero al mismo tiempo dejaba espacio para que los músicos jugaran entre ellos y construyeran momentos propios sobre el escenario.

Jamiroquai – Fotografía por Valentina Molina.

Un momento que terminó de definir la relación entre Jay Kay y el público chileno fue la presencia del músico sobre el escenario.

Su voz permanece prácticamente intacta y continúa siendo uno de los elementos centrales de la identidad de Jamiroquai. A sus 56 años, el británico sigue llenando el escenario con una presencia que no necesita de grandes artificios.

Durante la noche, Jay Kay realizó varios cambios de vestuario, principalmente entre polerones y zapatillas, manteniendo siempre una estética cercana a la que lo ha acompañado durante décadas. En uno de los momentos más reconocibles, se colocó una versión del icónico casco luminoso que se convirtió en una de las imágenes más recordadas de la banda.

Pero es sobre el escenario donde realmente se entiende que el Jay Kay de los años 90 todavía está presente. El músico se mueve constantemente, baila, realiza pequeños saltos, juega con sus músicos y utiliza cada espacio disponible para acompañar físicamente el ritmo de las canciones. Evidentemente, ya no lo hace con la misma agilidad de hace tres décadas, pero sí conserva intacto el espíritu de aquel artista que convirtió el movimiento y el groove en parte fundamental de su espectáculo.

También estuvo presente una faceta más cercana. El británico, que históricamente ha cargado con una imagen de ser algo distante de la gente, mostró durante la noche una actitud considerablemente más abierta. Hubo gestos hacia Chile y distintos momentos de interacción con el público.

El momento más significativo ocurrió cuando el británico bajó del escenario para acercarse directamente a sus seguidores. Firmó discos, poleras e incluso zapatillas, además de dar la mano y fotografiarse con algunos de los asistentes. Fue una escena inesperada para un concierto de estas dimensiones y que permitió ver al músico disfrutando genuinamente del encuentro con quienes habían esperado ocho años por volver a verlo.

El concierto se encaminó al final con “Canned Heat”, que elevó todavía más la temperatura del recinto, seguida por “Cosmic Girl” y “Love Foolosophy”, una sucesión de canciones que terminó por convertir el Claro Arena en una pista de baile. Y entonces llegó uno de los momentos más esperados de la noche: “Virtual Insanity”. La canción que definió buena parte del imaginario de Jamiroquai durante los años 90 volvió a sonar en Chile, demostrando que su vigencia no depende únicamente de la nostalgia.

El cierre del concierto llegó tras un breve encore con “Deeper Underground”, despidiéndose del escenario después de un recorrido que pasó por distintas etapas de una de las bandas más reconocibles del funk.

Es prácticamente imposible haber atravesado las últimas tres décadas sin encontrarse al menos una vez con alguna de sus canciones. Su música se instaló en la cultura popular combinando funk, soul, jazz, disco y electrónica, pero siempre manteniendo una identidad reconocible.

En el Claro Arena, esa identidad volvió a tomar forma.

Jamiroquai – Fotografía por Valentina Molina.

Jay Kay, con su baile, sus gestos y esa particular manera de conducir a la banda, demostró que el paso del tiempo no necesariamente significa perder la capacidad de hacer bailar. Jamiroquai llegó a Chile después de ocho años y entregó un show construido sobre éxitos, virtuosismo, improvisación y, sobre todo, groove.

Una noche en la que el funk, el jazz y el groove de Jamiroquai volvieron a encontrarse sobre un escenario chileno y que esperamos que no sea la última.

Categories: Reseñas
Francisco Millán G: Amante de la música y Los Simpsons.
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