Toda su vida, él no sabía si existía, pero existe y la gente se dio cuenta en el oscuro mes de octubre de su existencia y está entre en nosotros.
¿Por qué el Joker significó tanto esta vez para el mundo?, ¿Por qué su sonrisa llena de vacío y su maquillaje lleno de tristeza nos llama tanto la atención? La respuesta es simple. El Joker representa el lado más oscuro de nuestra mente.
La película basada en el personaje de DC que tuvo su primera aparición en los 40, es lo mejor que el cine nos pudo entregar este año, pero no es solo eso, no es solo la brillante actuación de Joaquin Phoenix, no es solo la fotografía de Lawrence Sher, que nos transporta y que te hace olvidar el dolor de cuello cuando estás en la primera fila del cine, porque todo lo demás estaba agotado, somos nosotros quienes se ven en él.

Este 2019, fue un año excepcionalmente polémico, el mundo se desmorona, es el último año de la década, es el fin del mundo cada día, es una tormenta de ideas e ira contra quienes nos gobiernan, contra las leyes contra la normalidad que nos imponen desde que nacemos. Es el año de una revolución tan brutal como la que el Joker puede eyectar.
El amor a este personaje nace del aburrimiento de lo delimitado, y hace florecer la oscura necesidad de ver arder el mundo que nos ha destruido. Aburridos de los números en un papel, de que las horas sean iguales, deprimidos de sentirnos sin ideas, furiosos contra el mundo y lo que te impone, fe y política que supuestamente va a funcionar, pero que terminan dándote la espalda tras recibir los votos o el dinero.

En una sinfonía sombría de la mano de Hildur Guðnadótti, que transportó a Chernobyl en la serie del mismo nombre, ahora nos lleva a una Gotham City apunto de estallar a raíz de una crisis profunda, de calles en mal estado, sueños frustrados y desolación en la economía. Es como vivir nuestra realidad, una eterna crisis, en que Joker insulta al neuroticismo que se nos impone la alarma al despertar. Despierta nuestros sentimientos de perdición, es el lado más oscuro de nuestra mente y brotando lo más incierto. La muerte, un grito de guerra, la revolución.
La incontinencia afectiva, trastorno –Al menos uno de los que lleva en su demencia absoluta– que sufre nuestro oscuro personaje, es la mayor metáfora que nos entrega la película, sobre todo lo anterior relatado. Un protagonista, que representa lo que es estar en el límite y cruzarlo, sin miedo, disfrutando el viaje, un guión que lo hace sentir en cada paso, en cada diálogo en cada idea que iba y venía, como balas que cruzaban y asesinaban una idea tras otra. Todos quieren no parecer locos, todos fingen ser normales, sin aceptarse, sin aceptar su mente. Reprimidos.
El gran trabajo de Todd Phillips, una implacable actuación de Robert de Niro, un guión sublime de Philips y Scott Silver, nos hace sentir sumergidos en el tenebroso baile de lo insano. Sería un gran insulto a este trabajo, ganador del mayor galardón que entrega el Festival de cine de Venecia, no estar en categorías de Oscar como mejor fotografía, mejor banda sonora, mejor película y mejor protagónico. Realmente lo merece todo.

Estamos en un momento de la historia, en que no queremos héroes, no queremos a Batman o Superman, no queremos que se nos impongan dioses o justicieros, el presente se ve enfrascado en un símbolo de lucha, que nos haga decir ¡basta!, busca un personaje que represente la histeria que esta atrapada bajo las leyes de un mundo oscuro que empieza su final. Nos encontramos en un universo que necesita a The Joker.
Nuestro espejo intimo, nuestra poesía oscura, nuestro alter-ego.
Un baile con la locura.
